Mises Wire

Home | Wire | Trabajo y explotación capitalista: Böhm-Bawerk y el cierre del sistema de Marx

Trabajo y explotación capitalista: Böhm-Bawerk y el cierre del sistema de Marx

  • abor.PNG
0 Views

Tags Teoría Política

Se ha derramado mucha tinta en respuesta al reciente artículo del  New York Times que alababa las contribuciones económicas, filosóficas e históricas de Marx (Jason Barker: “Marx was Right”). Al analizar críticamente este artículo, varios autores han señalado, bastante correctamente, la imposibilidad práctica de implantar un socialismo completo debido al problema del cálculo económico y a la enorme muerte y destrucción que han producido todos los intentos de implantar las ideas de Marx.1

Sin embargo, un punto muy importante indicado por el autor del artículo del NYT, Jason Baker, no ha recibido la atención que merece. En concreto, todavía no ha habido una respuesta detallada a la afirmación de Barker de que la “tesis básica de Marx, la de que el capitalismo está dirigido por una lucha de clases profundamente divisoria en la que la minoría de la clase dirigente se apropia de la plusvalía de la mayoría de la clase trabajadora en forma de beneficio, es correcta” (cursivas añadidas).

Este artículo trata de responder a este punto y lo hace ofreciendo un resumen de la brillante crítica de Böhm-Bawerk de todo el edificio económico de Marx, realizada hace más de un siglo en su Karl Marx y el cierre de su sistema (Böhm-Bawerk 2007).2 Como explicamos con más detalle a continuación, Böhm-Bawerk ataca los tres principales pilares del sistema económico de Marx: la teoría del valor trabajo, la ley del valor de Marx y su teoría del valor de la plusvalía como fuente de beneficio del capitalista. Al final de su asalto, ninguno de estos pilares queda en pie y todo el edificio se viene abajo. La crítica de Böhm-Bawerk sigue siendo hasta hoy una de las más poderosas del argumento de que la fuente del beneficio del capitalista reside la explotación de los trabajadores.

Marx, sobre la teoría del valor trabajo

Desde principio, en el primer capítulo del primer tomo de El capital, Marx restringe su análisis al mundo de las mercancías, un subgrupo de los bienes en general. “La riqueza de las sociedades en las que prevalece el mundo capitalista de producción”, observa, “aparece como una inmensa colección de mercancías”. De esto se deduce que un análisis económico de la sociedad capitalista debe empezar “con el análisis de la mercancía” (Marx 1990: 125).

¿Cuáles son por tanto las características principales de una mercancía? Para empezar, una mercancía debe ser útil. Debe satisfacer algunas “necesidades humanas”, ya sea directamente como “un objeto de consumo o indirectamente como un medio de producción” (Marx 1990: 125). Además, debe fabricarse para su intercambio en el mercado. Una persona que produce bienes para satisfacer sus propios deseos “crea valores de uso, pero no mercancías”. Para fabricar mercancías debe “no solo producir valores de uso, sino valores de uso para otros, valores de uso sociales” (Marx 1990: 131).

Estas dos características de una mercancía constituyen la base de la teoría del valor de Marx. El valor de uso de una mercancía se basa y está completamente determinado por su utilidad, por el hecho de que puede tener una conexión causal con la satisfacción de deseos. En este sentido, el valor se refiere a la importancia que tiene una mercancía para el bienestar o satisfacción de una persona.

Pero cuando una mercancía entre en el nexo del intercambio personal también gana valor de intercambio. Ahora, según Marx, “el valor de intercambio aparece en primer lugar como la relación cuantitativa, la proporción en que el valor de uso de un tipo se intercambio por el valor de uso de otro tipo (Marx 1990: 126). En otras palabras, una acción de intercambio se caracteriza siempre por la transferencia de dos mercancías que poseen uso.

Aun así, el valor de intercambio de una mercancía no está determinado por su valor en uso. De hecho, su grado o magnitud precisa no muestra ninguna relación sistemática con la importancia que tiene esa mercancía para el bienestar del individuo. Desconectada de los deseos y percepciones subjetivos, de las personas que actúan, es por el contrario una propiedad objetiva de una mercancía. Y como otras propiedades objetivas, como la altura, el peso, etc. es “intrínseco” a una mercancía, “inherente a ella” y está “inseparablemente relacionado con ella” (Marx 1990: 126).

¿Cómo llega Marx a esta conclusión? Su análisis es basa en una observación realizada hace muchos siglos por Aristóteles. “No puede haber ningún intercambio”, afirmaba el filósofo griego, “sin igualdad, ni igualdad sin conmensurabilidad” (citado en Marx 1990: 151). En otras palabras, toda acción de intercambio implica una igualdad de valor; las unidades de las dos mercancías que se intercambian poseen igual valor de intercambio. Y, si es así, debe haber algún “elemento común” de “magnitud idéntica” que exista en las “dos cosas diferentes” a intercambiar y que determina este valor igual de intercambio (Marx 1990: 127).

Así que el enigma de qué gobierna el valor de intercambio se resolvería si pudiéramos identificar cuál es este “elemento común” de “magnitud idéntica”. Y esto es precisamente lo que pretende hacer Marx. Lo hace, no tratando de aportar un argumento positivo de por qué cierto elemento o factor es el que está buscando. Por el contrario, intenta encontrar el elemento común trillando todos los factores que no pueden ser el que está buscando, dejándole al final con el Santo Grial.

Empieza defenestrando el valor de uso. El valor de uso de las mercancías que se intercambian, afirma Marx, se basa en características cualitativas, sus propiedad “geométricas, físicas, químicas o naturales de otro tipo” (Marx 1990: 127). Como estas propiedades y los valores de uso que imparten sirven para distinguir y diferenciar las dos mercancías intercambiadas, no pueden ser el “elemento común” de “magnitud idéntica” que se está buscando.

Tras haber descartado el valor de uso y las diversas propiedades cualitativas de las dos mercancías que subyacen estas, Marx llega enseguida a su destino. “Si (…) descartamos el valor de uso de las mercancías”, afirma, “solo queda una propiedad, la de ser productos del trabajo” (Marx 1990: 128).

Sin embargo, para ser concreto, no son las “formas concretas de trabajo” las que conforman este elemento común, pues son también excomulgadas cuando se manda al exilio el valor de uso. Desde la perspectiva del valor de intercambio y el elemento común que lo determina, las características distintivas de las mercancías que se intercambian desaparecen de la escena; todas sus “características sensibles se extinguen”. Y como “ya no hay una mesa, una casa, un cabo de hilo o cualquier otra cosa útil”, tampoco existe el “trabajo del carpintero, el albañil o la hilandera o cualquier otro tipo peculiar de labor productiva” (Marx 1990: 128).

Así que lo que queda es el “trabajo humano en abstracto”; “trabajo humano homogéneo” que se “gasta sin considerar la forma de su gasto” (Marx 1990: 128). Aquí está el Santo Grial de Marx. Es la cantidad de trabajo humano abstracto y homogéneo, “medido por su duración (…) en la escala concreta de horas, días, etc. (Marx 1990: 129) el que es el “elemento común” de “magnitud idéntica” que determina el valor de intercambio de las mercancías que se están intercambiando.

La ley del valor de Marx

La principal implicación de esta teoría del valor de intercambio para los precios apreciados en diversos mercados es la siguiente: todo precio apreciado refleja las transferencias interpersonales de unidades de dos mercancías que encarnan magnitudes iguales de trabajo humano homogéneo.

Tomemos por ejemplo el intercambio de una camisa por una barra de pan en un mundo de trueque. Por tanto, cada una requiere la misma cantidad de tiempo trabajado para ser producida y por tanto tendrá un valor igual de intercambio. Lo mismo pasa en una economía monetaria, en la que los bienes se intercambian por unidades de dinero. En este caso, las unidades del bien y las unidades de dinero reflejarán la misma cantidad de tiempo trabajado. Esta es, en esencia, la “ley del valor” de Marx, una ley que es “inmanente en el intercambio de mercancías” (Marx 1990: 268).

Hay tres puntos importantes a señalar con respecto a esta ley. Primero, el tiempo de trabajo encarnado en la mercancía incluye tanto el trabajo directo como el indirecto necesario para producir. Por ejemplo, en el caso de la barra de pan, el tiempo de trabajo que determina su valor de intercambio no solo incluye el tiempo de trabajo del panadero, sino también el del molinero que produce la harina, el granjero que cultiva el trigo, etc.

Segundo, hablando estrictamente, no la cantidad absoluta de trabajo humano homogéneo o “potencia laboral humana idéntica” lo que determina el valor de intercambio de una mercancía (Marx 1990: 129). Sencillamente no puede ser que una mercancía sea más valiosa “cuanto más incapaz y vago sea el trabajador que la fabricó” (Marx 1990: 129). Igualmente, el valor de una libra de hilo de algodón no puede aumentar si el algodón usado para fabricarlo es “tal malo que se rompe en cualquier momento” (Marx 1990: 303).

Por el contrario, el valor de intercambio de una mercancía solo depende de “el tiempo de trabajo socialmente necesario” que se necesita para producirla o “el tiempo de trabajo requerido para producir cualquier valor de uso bajo las condiciones de producción normales para una sociedad concreta y con el grado medio de habilidad e intensidad de trabajo prevalente en esa sociedad” (Marx 1990: 129).

Y tercero, la ley del valor no es válida en todos los momentos del tiempo histórico, sino que solo representa una tendencia que prevalece en el mundo real. Los precios apreciados de un momento a otro fluctúan en torno a sus niveles determinados por la “ley del valor”. Por ejemplo, una camisa, a corto plazo, puede venderse por encima o por debajo de su valor de intercambio. Podría representar una hora del tiempo laboral socialmente necesario, como una onza de oro, pero venderse a veces por media onza de oro y otras veces por dos onzas de oro. Pero su precio siempre evoluciona en torno a una onza de oro y siempre tienda a ella.

Así que, “en medio de las relaciones accidentales y siempre cambiantes de intercambio entre los productos, el tiempo laboral socialmente necesario para producirlos se afirma como una ley reguladora de la naturaleza” (Marx 1990: 168). La ley del valor está siempre presente, pero se olvida en el fárrago de los acontecimientos diarios, pero, como la “ley de la gravedad”, acaba asomando su cabeza y “afirmándose cuando la casa de una persona se derrumba encima de esta”, recordando a todos su constante funcionamiento” (Marx 1990: 168).

Valor de plusvalía, beneficios y explotación del trabajador

Marx construye su teoría de la explotación sobre la teoría del valor de intercambio y la ley del valor implícita en ella. Las actividades de un capitalista, observa Marx, conforman un patrón regular. Cada capitalista empieza con una suma de capital o una suma de dinero (D). Procede a invertir esta suma en diversas entradas usadas en el proceso de producción o en un lote de mercancías no monetarias (M). Este lote incluye el poder laboral de los trabajadores, así como bienes materiales de capital, incluyendo estos últimos materias primas menos duraderas, así como máquinas y herramientas de mayor durabilidad. Estas entradas se usan luego para fabricar un producto u otra mercancía, que se acaba vendiendo en el mercado por una suma mayor de dinero que la inicialmente invertida (D’). El circuito D-M-D’ de dinero y mercancías resume las actividades en constante repetición de los capitalistas dedicados a la producción.

Sin embargo, visto a través del prisma de la ley del valor, la presencia de este circuito D-M-D’ presenta el siguiente problema: el capitalista “debe comprar sus mercancías a su valor, venderlas a su valor y aun así al final del proceso sacar más valor de la circulación de la que puso en él al principio” (Marx 1990: 269). Todas las entradas adquiridas por el capitalista se compraron a precios que reflejan el tiempo laboral socialmente necesario encarnado en ellas, igual que el precio del producto que se acaba vendiendo. Aun así, este proceso genera un valor de intercambio del producto que excede el de las entradas usadas para producirlo. ¿Cuál es la fuente de este “valor de plusvalía” generado por el capitalista?

El primer paso para resolver el enigma es observar con más detalle cómo los precios de las entradas reflejan el tiempo laboral socialmente necesario encarnado en ellas. Tomemos por ejemplo la producción de hilo de algodón. Supongamos que el capitalista necesita diez libras de algodón, el uso de una máquina durante un par de horas y seis horas de tiempo de trabajo para producir diez libras de hilo.

El coste de diez libras de algodón es diez onzas de oro. Suponiendo que una onza de oro requiera dos horas de tiempo laboral socialmente necesario para producirse, las diez libras de algodón encarnan veinte horas de tiempo laboral necesario. Supongamos, además, que las dos horas de tiempo de máquina usadas para hilar las diez libras de algodón y convertirlas en hilo valen dos onzas de oro. Así que la maquinaria que encarna cuatro horas de tiempo laboral también se consume en el proceso de producción y en la producción del hilo de algodón se usa el valor conjunto de doce onzas de oro en entradas de material, que requieren 24 horas de tiempo laboral.

Dirijamos ahora nuestra atención al ejemplo del poder laboral utilizado en la producción de hilo de algodón. Igual que todas las demás mercancías, “el valor del poder laboral”, declara Marx, “está determinado por el tiempo laboral necesario para la producción, y por consiguiente también la reproducción, de este artículo concreto” (Marx 1990: 274). El trabajador, para trabajar y colocar su poder laboral a disposición del capitalista, necesita consumir algunos “medios de subsistencia”, una serie de mercancías que son “bastante para mantenerle en su estado normal como persona trabajadora” (Marx 1990: 275).

El valor de intercambio del poder laboral, que se refleja en los salarios que deben pagarse para contratarlo, está determinado por el tiempo laboral socialmente necesario requerido para producir estos medios de subsistencia que son necesarios para producir y reproducir poder laboral. Supongamos ahora que el capitalista que fabrica el hilo de algodón puede comparar un poder laboral de un día por tres onzas de oro. De esto se deduce, ya que prevalece la ley del valor, que los medios de subsistencia requeridos para producir el poder laboral de un día, en este ejemplo, absorben seis horas de tiempo laboral necesario.

Sumando la cantidad gastada en todas las entradas, el capitalista llega a un total de quince onzas de oro, una suma que encarna 30 horas de tiempo laboral socialmente necesario. Igualmente, la salida de diez libras de hilo también encarna 30 horas idénticas de tiempo laboral: 24 horas para las diez libras de algodón y la maquinaria consumida y seis horas adicionales por el poder laboral empleado. De esto se deduce que las diez libras de hilo también se venderán por 30 onzas de oro y no habrá beneficios que el capitalista pueda llevarse a su casa.

¿Por qué no hay beneficios generados a partir este proceso de producción? Porque no ha habido valor de plusvalía generado mientras se estaba fabricando el hilo. El valor de intercambio de las entradas era idéntico al de la salida y, como consecuencia, ese fue el costo y el ingreso del capitalista.

De hecho, no se generó ningún valor de plusvalía porque el capitalista que fabrica el hilo solo hace que el trabajador realice la “labor necesaria” (Marx 1990: 324). Como solo hace que el trabajador proporcione seis horas de poder laboral, el número de horas laborales del trabajador es igual al tiempo laboral socialmente necesario que se encarna en los medios de subsistencia que necesita para sostenerse durante un día.

Lo que es más importante, el trabajador se lleva a casa el valor que generó. Ha combinado su poder laboral con entradas materiales que encarnaban 24 horas de tiempo laboral y ha añadido a esto el valor de su trabajo necesario. Y se le han pagado seis onzas de oro por ello, lo que equivale en valor al valor añadido al producto por este trabajo necesario. Así que cuando el capitalista no consigue obtener un beneficio el trabajador no se ve explotado.

Supongamos ahora un escenario ligeramente distinto. El capitalista sigue contratando al trabajador por un día, dándole a cambio tres onzas de oro. Pero ahora le hace trabajar, no durante seis, sino durante doce horas y combina estas doce horas con veinte libras de algodón y cuatro horas de tiempo de maquinaria para producir veinte libras de hilo de algodón.

Su desembolso en entradas es ahora han de 27 onzas de oro: 20 del algodón, 4 por el tiempo de maquinaria y 3 por el poder laboral de un día. Y el tiempo laboral socialmente necesario que encarnan estas entradas es ahora de 54 horas en total: xl horas del algodón, 8 del tiempo de maquinaria y 6 del poder laboral.

¿Cuántas horas de tiempo laboral necesario encarna el producto, las 20 libras de hilo de algodón? 60 horas en total: 48 horas encarnadas en las entradas de material, con 12 horas adicionales de potencia laboral absorbidos durante el propio proceso de producción. Estas 20 libras de algodón se venden por tanto por 30 libras de oro y el capitalista ahora gana 3 onzas de beneficio.

El beneficio deriva del valor de la plusvalía generada en el proceso de producción: las entradas encarnan 48 horas de tiempo laboral, pero el producto encarna 60 horas, dejando una plusvalía de 6 horas de tiempo laboral que se ha trabajado en el valor de intercambio del producto. Preguntémonos de nuevo: ¿cuál es la fuente de este valor de plusvalía? Su raíz se basa en el hecho de que el trabajador ahora proporciona más trabajo del necesario. Por el contrario, el capitalista extrae “una plusvalía de trabajo” de él, tiempo laboral en exceso de las 6 horas necesarias para producir sus medios de subsistencia.

Lo que es más importante es que el trabajador ya no se ve compensado por el valor que añade al proceso de producción. Trabaja doce horas y añade el equivalente al valor de doce horas a las entradas materiales que trabajar. Y aun así solo se le paga un salario que encarna seis horas de tiempo laboral. Al no pagarle su plusvalía de valor, el trabajador está explotado, está timado por el capitalista. Los beneficios de este último derivan de esta acción de robo a la luz del día.

Marx, sobre la teoría del valor trabajo: la crítica de Böhm-Bawerk

Böhm-Bawerk inicia su crítica al edificio teórico de Marx dirigiéndose en contra de la proposición que sirve como su base: la teoría del trabajo como valor de intercambio.

Su primera crítica se ocupa de la proposición que Marx tomó prestada de Aristóteles, de que en una acción de intercambio se comercian bienes de igual valor. Para Böhm-Bawerk, esto un “parece (…) ser una idea errónea” pues, como señala, si hubiera esta igualdad de valor no habría ningún incentivo para intercambiar. “Y se obtuviera igualdad y un equilibrio exacto, no es probable que ningún cambio perturbe dicho equilibrio” (Böhm-Bawerk 2007: 68). La transferencia de mercancías que caracteriza a un acto de intercambio, por otro lado, deriva de la existencia de una desigualdad de valor, donde lo que se valora menos se comercia a cambio de lo que se valora más.

Pero, aunque dejáramos aparte de esta objeción y supusiéramos por un momento que el intercambio se caracteriza por una igualdad de valores, ¿realiza Marx un buen trabajo a la hora de demostrar que es la cantidad de trabajo el “elemento común” de “magnitud idéntica” lo que determina estos valores iguales de intercambio? Böhm-Bawerk responde negativamente a esta pregunta y lo hace por tres razones principales.

Primero, señala Böhm-Bawerk, en esta búsqueda por descubrir este elemento común Marx restringe su análisis a solo “aquellas cosas intercambiables que contienen la propiedad que desea elegir finalmente como el ‘factor común’”, dejando “fuera todas las demás” (Böhm-Bawerk 2007: 70). De hecho, Marx, a lo largo de su análisis, supone implícitamente (y a veces explícitamente)3 que una mercancía debe ser un producto del trabajo. Esto, ya desde el principio, implica que los dones escasos de la naturaleza no pueden ser mercancías.

Pero bienes “como la tierra, la madera de los árboles, la fuerza del agua, las vetas de carbón, las canteras, las reservas de petróleo, las aguas minerales, las minas de oro, etc.” son a menudo los objetos de intercambio (Böhm-Bawerk 2007: 70). ¡Y no encarnan ningún tiempo laboral! ¿Cómo puede por tanto Marx explicar el valor de intercambio de estos bienes? Indudablemente, el elemento común que determina el valor de intercambio de estos bienes no puede equivaler al tiempo de trabajo encarnado en ellos.

Como observa correcta y sarcásticamente Böhm-Bawerk, al dejar esos dones de la naturaleza fuera de su análisis como supuesto, Marx “actuar como alguien que al desear desesperadamente sacar una bola blanca de una urna trata de conseguir este resultado poniendo en ella solo bolas blancas” (Böhm-Bawerk 2007: 70).

Segundo, Böhm-Bawerk objeta a cómo Marx elimina el valor de uso como posible elemento común que determina el valor de intercambio. El valor de uso y las diversas propiedades de las mercancías que dan lugar a estos valores, argumenta Marx, sirven para diferenciar y distinguir las dos mercancías. Pero, como señala Böhm-Bawerk, debajo de este exterior heterogéneo reside un sustrato homogéneo. Pues ambas mercancías en un intercambio poseen uso de valor: ambas muestran una conexión causal con la satisfacción.

Y, como en el caso del trabajo, “se pueden comparar valores en uso de distintos tipos según la cantidad del valor en uso” (Böhm-Bawerk 2007: 76). ¿Por qué debemos centrarnos exclusivamente en los aspectos cualitativos del valor de uso que sirven para distintas mercancías e ignorar los posibles aspectos cuantitativos que las hacen homogéneas? Marx nunca trata siquiera esta cuestión.

Y tercero, y más notablemente, Marx, aunque señala que el poder laboral tiene aspectos cualitativos, así como un aspecto cuantitativo, procede a ignorar los primeros al tiempo que concluye que este último es el elemento común que está buscando. ¿Pero por qué trata de manera distinta el poder laboral y el valor de uso?

Como pregunta Böhm-Bawerk, ¿no ve Marx que “la misma evidencia sobre la cual formulaba Marx su veredicto de exclusión contra el Valor en uso también vale con respecto al trabajo?” (Böhm-Bawerk 2007: 76). ¿Por qué solo en el caso del trabajo está dispuesto a olvidar las “formas concretas” de este, “el trabajo del carpintero, el albañil o las hilanderas” y centrarse solo en el “trabajo humano abstracto” que está presente en todas las mercancías? (Marx 1990: 128). Sin embargo, plantear esas preguntas es descubrir el “birlibirloque dialéctico” que es el argumento de Marx en apoyo de la teoría del valor trabajo (Böhm-Bawerk 2007: 77).

La composición del capital, la tasa de beneficio y el valor de plusvalía: Las contradicciones de la ley del valor de Marx

Dejemos aquí la justificación de Marx de la teoría del valor trabajo. Supongamos por un momento que es verdad y dirijamos nuestra atención hacia la ley del valor que está implícita en ella. ¿Realmente los precios, los tipos de intercambio de mercancías por dinero, fluctúan y tienden hacia cantidades que reflejan sus respectivos valores de intercambio, determinados por la cantidad de tiempo laboral socialmente necesario encarnado en aquellas? ¿La teoría ante el valor trabajo, a través de la ley del valor, proporciona una explicación apropiada de los fenómenos de precios que vemos a nuestro alrededor?

Para responder a estas preguntas, Böhm-Bawerk somete la teoría del valor de la plusvalía y la explotación de Marx a un análisis todavía más crítico. Volviendo una vez más a nuestro ejemplo de la producción de hilo de algodón, centrémonos en la relación entre el valor de plusvalía y los beneficios a los que da lugar y en los distintos componentes del capital gastado por el capitalista.

Advirtamos que durante el proceso de producción el valor de intercambio de las entradas materiales, las veinte libras de algodón y las cuatro horas de tiempo de máquina, sencillamente se pasan a las veinte libras de hilo de algodón que se fabrican. “El valor de los medios de producción”, que en este caso es de 48 horas de tiempo laboral necesario: 40 horas para el algodón y 8 para el tiempo de máquina, “se mantiene” y “reaparece en una forma diferente en el valor del producto, pero no añade ningún valor de plusvalía” (Böhm-Bawerk 2007: 16).

Dado el invariable valor de intercambio de las entradas materiales durante el proceso de producción, Marx llama al capital invertido en ellas “capital constante” [representado por una c] (Marx 1990: 317). En nuestro caso, equivale a 24 onzas de oro.

El caso del capital invertido en poder laboral es completamente distinto. Esta parte del capital, al que Marx llama “capital variable” [representado por una v] sí sufre una alteración de valor en el proceso de producción”, reproduciendo tanto “el equivalente a su propio valor” como un “exceso o valor de plusvalía” (Marx 1990: 317). En nuestro ejemplo, cuando el capitalista extrae 12 horas de tiempo laboral al trabajador, incluye tanto el trabajo necesario de 6 horas como la plusvalía de trabajo de 6 horas, dando esta última lugar al valor de plusvalía que es la fuente del beneficio del capitalista. La cantidad de capital variable es por tanto de 3 onzas, dando lugar a un beneficio de 3 onzas.

Basándose en estos conceptos, Marx define la “tasa del valor de la plusvalía” (Marx 1990: 326), que es “la relación del valor de plusvalía [representado por una p] con respecto al capital variable” (Marx 1990: 327). Esta relación, que es siempre igual a la relación de la cantidad plusvalía laboral con respecto a la cantidad necesaria de trabajo sirve como medición del grado de explotación sufrida por el trabajador a manos del capitalista. En nuestro ejemplo esta relación [p/v] es de 1, o el 100%, ya que tanto el valor de plusvalía como el capital variable equivalen a 3 onzas de oro.

Ahora bien, considerando que la tasa del valor de plusvalía no depende de la cantidad de capital constante, la tasa de beneficio ganado por el capitalista se averigua dividiendo la cantidad del valor de plusvalía por la suma de las porciones constante y variable del capital [p/c+v]. Por tanto, esta tasa no es igual a la tasa del valor de plusvalía. Por ejemplo, en nuestro caso, la tasa de beneficio es del 11,1%, que significativamente menor que la tasa del valor de plusvalía.

Consideremos ahora un proceso diferente de producción: el de producción de pan. El panadero, para poder fabricar diez barras de pan debe, igual que el fabricante de hilo, pagar 3 onzas de oro y contratar los servicios de un trabajador durante un día. Y también extrae 6 horas de plusvalía de trabajo de su trabajador además de las 6 horas de trabajo necesario. Así que su capital variable es también de 3 onzas de oro, al igual que su valor de plusvalía, con una tasa de valor de plusvalía igual al 100%, como pasaba con el fabricante de hilo.

Pero, al contrario que el fabricante de hilo, el panadero tiene que combinar estas 12 horas de trabajo laboral con un capital constante por valor de 6 onzas de oro para producir las diez barras de pan. Su tasa de beneficio es por tanto más alta [p/c+v=3/9] y es del 33,3%.

De estos dos ejemplos se deduce algo importante: capitalistas con la misma tasa de valor de plusvalía pueden ganar distintas tasas de beneficio debido a sus distintas composiciones de capital. Por ejemplo, el fabricante de hilo tenía una relación muy superior de capital constante frente a variable [c/v] comparada con el panadero. A pesar de tener la misma tasa de valor de plusvalía [p/v] tenía una tasa de beneficio inferior. Esto, como destaca Böhm-Bawerk, tiene implicaciones importantes para la relevancia empírica de la ley del valor y por tanto para la teoría del valor de plusvalía y explotación de Marx, que es solo la extensión lógica de esta ley.

De hecho, como señala Böhm-Bawerk, Marx, en su tercer tomo póstumo de El capital, reconoce dos cosas esenciales. Primera, que, por razones técnicas, la proporción del capital constante frente al variable y por tanto la composición del capital “difiere enormemente en distintas esferas de producción y frecuentemente incluso en distintas ramas del mismo sector” (Marx 1894: 112). Así que, suponiendo que valga la ley del valor y que las mercancías se vendan a precios que reflejan el tiempo laboral encarnado en ellas, esto implica que las tasas de beneficio también diferirán entre los sectores y esto a pesar de que prevalezca el mismo tipo de valor de plusvalía en dichos sectores.

Segundo, Marx reconoce que un escenario en el que en distintos sectores no ganan la misma tasa de beneficio es uno que deja espacio para que actúen las fuerzas de la competencia. Empezando con la observación de que “si las mercancías se venden a su valor (…) aparecen tasas muy distintas de beneficio en las diversas esferas de la producción” continúa añadiendo que “el capital abandona una esfera con una baja tasa de beneficio e invade otras que generan un beneficio superior” (Marx 1894: 142). Y como consecuencia de este “flujo incesante de entrada y salida” de capital (Marx 1894: 142), las tasas de beneficio en las distintas ramas de la industria tienden a igualarse.

Sin embargo, es vital advertir que los precios a los que se igualan las tasas de beneficio en los distintos procesos de producción no son los precios conformes a la ley del valor de Marx. De hecho, con precios que sí sean conformes a esta ley y reflejen las cantidades relativas de tiempo laboral encarnado en las mercancías y dinero intercambiados, solo puede haber una igualación en la tasa del valor de plusvalía y no en las tasas de beneficio.

Este punto, como argumenta Böhm-Bawerk, echa abajo todo el edificio económico marxista. Pues en el primer tomo de El capital, señala: “se ha mantenido, y con el mayor énfasis, que todo el Valor se basa en el trabajo y solo en el trabajo” y que “aparte (…) de variaciones temporales y ocasionales (…) Las mercancías que encarnan la misma cantidad de trabajo deben, en principio, a largo plazo, intercambiarse unas por otras” (Böhm-Bawerk 2007: 29, 30).

Esto, como se ha destacado antes, era lo que daba importancia empírica a la ley del valor de Marx y a su teoría de la explotación. Es precisamente esta proposición la que implica que los precios reales apreciados fluctúan y tienden hacia cantidades dictadas por esta ley, que esta ley, como la ley de la gravedad es un determinante siempre presente en los precios que vemos en el mundo real.

Pero “en el tercer tomo (de El capital)”, añade Böhm-Bawerk, “se nos dice breve y secamente que lo que debe ser, según las enseñanzas del primer tomo, no es ni puede ser: que las mercancías individuales sí se intercambian y deben intercambiarse entre sí en una proporción distinta a la del trabajo incorporado en ellas y esto no es accidental ni temporal, sino algo necesario y permanente”.

Así que los precios de las mercancías, en el mundo real, no tienden hacia los dictados por la ley del valor de Marx, sino más bien a cantidades que reflejan los costos subyacentes de producción, en los que “aparte del tiempo de trabajo, la inversión de capital forma un determinante coordinado de la relación de intercambio de mercancías” (Böhm-Bawerk 2007: 89).4

Así que la irrelevancia empírica de toda la teoría del valor trabajo, la ley del valor y la teoría de la explotación queda al desnudo. Todo el sistema encalla en los bajíos de las fuerzas de la competencia, cuya existencia no puede discutirse. Los beneficios obtenidos por los capitalistas, después de todo, no pueden determinarse por el valor de plusvalía exprimido a los trabajadores y por las fuerzas de la explotación y el robo a la luz del día. Para una explicación correcta y empíricamente válida de los fenómenos del interés y el beneficio hay que buscar en otra parte.

Referencias

Böhm-Bawerk, Eugen v. 2007. Karl Marx and the Close of His System. Auburn: Mises Institute. [Karl Marx y el cierre de sus sistema]

Marx, Karl. 1990. Capital: Volume 1. Penguin Books (Penguin Classics edition). [El capital: Tomo 1]

Marx, Karl. 1894. Capital: Volume 3. Disponible en línea en Marxists.org. [El capital: Tomo 3]

  • 1. Ver, por ejemplo, el erudito artículo de Richard Ebeling, “Karl Marx y el marxismo a doscientos años”.
  • 2. Publicado por primera vez en 1894 como Zum Abschluss des Marxschen Systems.
  • 3. Como, por ejemplo, en el primer capítulo del primer tomo de El capital, donde afirma: “Una cosa puede tener un valor de uso sin ser un valor. Es así siempre que su utilidad para el hombre no se vea mediatizada por el trabajo. El aire, la tierra virgen, los parados naturales, los bosques no plantados, etc. entran en esta categoría” (Marx 1990: 131).
  • 4. Marx trata de salvar su ley del valor afirmando que, aunque los precios no tiendan hacia la cantidad dictada por esta ley y más bien fluctúen a su alrededor y acaben gravitando hacia precios que reflejen los costes de producción, la tasa de beneficio está determinada en último término por las fuerzas de la competencia, a las que califica como el “tipo medio de beneficio”, que es igual a la tasa media de valor de plusvalía que prevalece en todos los sectores de la industria considerada su conjunto. Así que argumenta que la ley del valor determina realmente la tasa media de beneficio y por tanto también mantiene su relevancia empírica. Böhm-Bawerk presenta también una crítica en profundidad de estos argumentos en el tercer capítulo de Böhm-Bawerk 2007 (p. 28-63).

GP Manish is a Fellow of the Mises Institute and BB&T Professor of Economic Freedom within the Johnson Center for Political Economy at Troy University. He is a recipient of the Mises Institute's Douglas E. French Prize, George and Joele Eddy Prize, and the O.P Alford III Prize in Political Economy. He teaches a course on Advanced Austrian Economics in the Masters program at Troy University.

Note: The views expressed on Mises.org are not necessarily those of the Mises Institute.
Image source:
iStock
When commenting, please post a concise, civil, and informative comment. Full comment policy here

Add Comment

Shield icon wire