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Policía: Nosotros somos los expertos, no os atreváis a criticarnos

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Tags El Estado PolicialHistoria de EEUU

03/05/2018

Una de las consecuencias más sorprendentes después del tiroteo de febrero en la escuela de Florida es la voluntad de muchos comentaristas generalmente a favor de la policía denunciando la falta de acción de la policía local contra el tirador.

De National Review a The FederalistDonald Trump, muchos de los agentes de las fuerzas de seguridad implicados en el tiroteo han sido acusados directamente de “cobardía”.

Parte de esto está motivado por agendas políticas. La inacción por parte de las fuerzas de seguridad demuestra que no basta con “llamar a la policía” y esperar a que esta se presente para proteger a las víctimas. Como señala Michael Graham, la situación de Florida es parte de un “patrón de cobardía policial” que también se vio en los tiroteos de Orlando y Newtown, Connecticut. En ambos casos, la policía se mantuvo en el exterior mientras hombres armados actuaban libremente dentro del edificio en cuestión.

Así, si la policía va a protegerse a sí misma mientras las víctimas están a merced de los tiradores, esto indica que la posesión privada de armas de fuego tal vez sea a única defensa viable, estén estas en manos de seguridad profesional o incluso de aficionados. Los que se oponen a un monopolio policial de la propiedad de armas de fuego han aprovechado este fracaso policial como útil ejemplo de su postura.

Sin embargo, en el pasado, la tendencia instintiva de la derecha a defender siempre a la policía probablemente habría impedido mucha crítica directa hacia la propia policía. Sin embargo, esa reticencia parece estar desapareciendo y la cobardía de los agentes de las fuerzas de seguridad se ha convertido ahora en una cuestión candente.

Naturalmente, esto presagia nada bueno para la postura de las agencias de policía en la jerarquía política. Las fuerzas de seguridad han dependido desde hace tiempo de su estatus de “héroe” como un factor importante para asegurarles la obtención de lo que quieran de gobiernos locales y parlamentos estatales.

“Somos expertos, haced lo que digamos”

En respuesta, muchos defensores de la policía se han puesto irritables y a la defensiva, recurriendo a malos argumentos que equivalen a poco más que “los que no sois policías tendríais que callaros”.

Un ejemplo típico puede encontrarse en USA Today, donde Tim Vogt, exagante de patrulla de fronteras y actual instructor en una “academia de fuerzas de seguridad” denuncia cualquier crítica a los agentes implicados.

¿El argumento de Vogt? La policía no debería estar sometida a crítica “por el gallinero no cualificado y amorfo”.

En otras palabras, Vogt sostiene que los agentes públicos son expertos inatacables que no tendrían que verse obligados a sufrir comentarios de los contribuyentes ignorantes que, según parece, no valen para mucho más que para pagar las facturas de la policía.

El artículo de Vogt también recurre a perpetuar mitos acerca de la policía. Afirma que “también asumimos más riesgos que la mayoría cada día”, lo que implica que la mayoría de los estadounidenses no pueden entender los riesgos que asumen los agentes de policía. En realidad, millones de estadounidenses trabajan en empleos que son más peligrosos que ser agente de policía (incluyendo conductores de camiones, jardineros, granjeros, techadores y trabajadores de la construcción).

Vogt recurre directamente al engaño cuando afirma que la policía “arriesga su vida a favor de otros cada día, todo por un salario de clase media-baja”. Esto no es verdad fuera del diminuto grupo de las policías rurales. Una organización policial típica paga a la policía muy por encima de la mediana salarial y los beneficios son todavía mayores cuando se incluyen en el cálculo las extremadamente generosas pensiones policiales. Scot Peterson, el agente de policía al que está defendiendo concretamente Vogt, estaba recibiendo un salario del doble de la renta mediana local.1

Sin embargo, este tipo de ataque verbal no es nuevo en los defensores de las fuerzas del orden después de que se haya apreciado incompetencia policial.

En su libro en el que defendía la respuesta policial a la masacre de Columbine, el antiguo agente del SWAT, Grant Whitus, declaraba: “Quiero decir a los críticos: Vale, si creéis que es tan fácil, id a patrullar (…) Apuesto a que no pasaríais un día conmigo sin mearos encima”.

Alan Pendergast, en una reseña del libro de Whitus, señala:

Es un refrán habitual de la policía: No has estado donde yo he estado, así que cállate la boca.

Curiosamente, Whitus se remite a la película Algunos hombres buenos como ejemplo de cómo las acciones de la policía deberían ser inmunes a la crítica.

En la película, cuando se la pregunta acerca de su abuso de poder militar, el personaje de Jack Nicholson grita: “¡No vas a poder con la verdad!” y continúa explicando cómo el público general es demasiado timorato e ignorante como para entender las amenazas reales que hay en el mundo. Así que el ejército, continúa su razonamiento, debería quedar como incuestionable con respecto a cómo tiene que hacer su trabajo.

No es sorprendente que Whitus quiera que esta misma justificación se aplique también a la policía. El dolor de cuello que es el público general no posee la sabiduría secreta que tienen los agentes, así que sus opiniones no son más que especulaciones ociosas de un “gallinero sin valor”.

¿Debería la policía ser inmune a la oposición política?

En asuntos exteriores y militares, tenemos un nombre específico para esta postura: “la política se queda al margen”.

Es un sentimiento expresado a menudo por defensores de una mayor intervención exterior y una mayor financiación de instituciones militares por parte de los contribuyentes. La idea es que el público contribuyente es demasiado tonto o ignorante como para tener algo más que opiniones sin valor en lo que se refiere a los asuntos militares o exteriores. Los estadounidenses modernos se han tragado normalmente esta táctica de acoso. Sin embargo, escribiendo en la década de 1990, al final de la Guerra Fría, Samuel Francis señalaba que esa actitud era incompatible con una sociedad libre:

La autosuficiencia, la independencia cívica, de los ciudadanos de una república, la idea de que los ciudadanos deberían sostenerse económicamente y deberían ser capaces de defenderse, educarse y disciplinarse, está conectada íntimamente con la idea de la virtud pública (…) Un pueblo autogobernado está sencillamente demasiado ocupado, en general con las preocupaciones del autogobierno como para prestar mucho interés a los asuntos de otros (…) Un pueblo autogobernado en general aborrece el secreto en el gobierno y desconfía correctamente de este. Así que la única manera en que esos intentos (…) de expansión de su poder sobre otras personas puede tener éxito es disminuyendo el grado de autogobierno en su propia sociedad. Deben convencer a la ente autogobernada de que hay demasiado autogobierno, de que ellos mismos no son lo suficientemente inteligentes ni están suficientemente informados como para merecer que se les diga mucho sobre asuntos tan complicados como la política exterior. (…) Lo oímos (…) cada vez que un presidente estadounidense entona el “la política se queda al margen”. Por supuesto, la política no se queda al margen, salvo que como pueblo estemos dispuestos a entregar una enorme cantidad de control sobre lo que hace el gobierno en asuntos militares, exteriores, económicos y de inteligencia.

Por supuesto, la crítica de Francis también es aplicable a asuntos policiales. La política no se detiene en el portal de la estación de policía o la oficina del sheriff, salvo que estemos “dispuestos a entregar una enorme cantidad” de control ciudadano sobre lo que nos hace el gobierno.

Sin embargo, muchos estadounidenses están dispuestos a entregar su responsabilidad cívica a otros. Francis sostiene que los gobiernos estadounidenses modernos confían fuertemente en la sumisión ciudadana hacia la “élite directiva correspondiente” del estado. Esta élite afirma que se merece un estatus superior especial por encima de los contribuyentes, porque las élites son, bueno, élites. Y saben más.

En la misma afirmación que ahora realizan los actuales defensores de la policía.

La sumisión a los “expertos” en organizaciones policiales y militares no ha sido, sin embargo, algo habitual en Estados Unidos.

De hecho, entre los ciudadanos del siglo XIX se consideraba impropio echarse a un lado y permitir a los agentes públicos establecer los términos de la defensa nacional y la seguridad pública.

En el siglo XIX, los críticos de una excesiva sumisión a la “experiencia” del estado en asunto de mantener la paz hablaban en términos de “hombría” para resistir a la usurpación del orden comunitario suministrado privadamente. Esta evaluación de las cosas nunca desapareció del todo, aunque ahora la fanfarronería viene sobre todo de los defensores de los agentes públicos. Así vemos que a los críticos de la policía se les llama donnadies “flojos” que se “mearían encima” si tuvieran que enfrentarse a los peligros a los que se enfrenta la policía. Superficialmente, el debate gira en torno al valor, pero el subtexto en apologistas como Whitus y Vogt es de “somos hombres de verdad y el resto no lo sois”.

De hecho, en épocas recientes ha cambiado cómo se ven los ciudadanos con voto (todos los cuales eran hombres a lo largo de la mayoría del siglo XIX) en relación con los agentes públicos armados. Como señala Bret Carroll en American Masculinities: a Historical Encyclopedia, la sumisión hacia el poder militar “se oponía a las virtudes igualmente masculinas de la independencia y el individualismo”. El ciudadano ideal era un “ciudadano-soldado que era un hombre de la frontera, un granjero propietario o un tendero”.2

Los ejércitos permanentes se veían con “sospecha” y mucho de esto derivaba de ideas provenientes de la oposición de la época de la revolución hacia los soldados ocupantes británicos a los que se veía como de “bajo carácter moral”.

Solo después de la Guerra de Secesión, señala Carroll, un gran número de veteranos en la población general empezaron a crear una “mística” en torno al servicio militar y a potenciar una cultura que “glorificaba el servicio militar” por encima de las actividades del sector privado.

Como las fuerzas del orden en su forma moderna fueron extremadamente raras en EEUU antes de finales del siglo XIX, las funciones de policía se veían asimismo en buena medida como un asunto de autodefensa y no un asunto para “expertos” que no pudieran ser cuestionados por el público general.

Hoy, el lenguaje de la “hombría” o la “virtud” ha sido remplazado por el lenguaje de la “experiencia”. Y, desde el punto de vista del gobierno, la experiencia es todavía mejor como un patrón para el poder policial y militar porque puede usarse de inmediato para excluir a todos los forasteros y así evitar su influencia sobre asuntos internos de gobierno.

Por supuesto, la intención de hacer que se queden al cargo los expertos no ha sido un éxito completo. Sigue habiendo una firme tradición en Estados Unidos de supervisión civil de los asuntos militares y de una supervisión no policial sobre las fuerzas del orden. Los sheriffs de los condados están sometidos los votantes y las fuerzas de policía a alcaldes y ayuntamientos.

Aun así, la afirmación de que los críticos de la inacción policial son parte de un “gallinero” sin cualificación ha tenido éxito durante décadas. Es una indicación de una ciudadanía pastueña y pasiva, pero puede que por fin seamos testigos de algún retroceso gracias a no expertos que no se creen ya los mitos a favor del gobierno.

Ryan McMaken (@ryanmcmaken) is the editor of Mises Wire and The Austrian. Send him your article submissions, but read article guidelines first. Ryan has degrees in economics and political science from the University of Colorado, and was the economist for the Colorado Division of Housing from 2009 to 2014. He is the author of Commie Cowboys: The Bourgeoisie and the Nation-State in the Western Genre.

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