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No, las tiendas Dollar no crean pobreza

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Los periodistas estadounidenses parecen estar absortos en mundos de fantasía, al menos en lo que se refiere al análisis económico y tal vez no veamos una mayor exhibición de ignorancia que en la explicación de la presencia de negocios en las áreas más pobres de los centros de las ciudades. Una y otra vez, los supuestos expertos hacen la absurda afirmación de que las personas en las ciudades son pobres debido a la presencia de pequeños negocios, como tiendas de coreanos inmigrantes.

Hoy las dianas son las tiendas Dollar General y Dollar Tree, que ofrecen productos baratos junto con una amplia variedad de comida enlatada y deshidratada, junto con leche, carne, huevos y congelados. Tanvi Misra declara en Citylab:

Se ha convertido en una historia cada vez más común: Se abre una tienda Dollar en una zona económicamente deprimida con pocas opciones de comida sana y asequible, a veces con la ayuda de incentivos fiscales locales. Anuncia precios bajos imbatibles, pero ofrece poco en términos de productos frescos y nutritivos, atrapando cada vez más a los residentes en un ciclo de pobreza y mala salud.

Misra cita al Institute for Local Self Reliance: “Aunque las tiendas Dollar a veces atienden una necesidad en comunidades apuradas de dinero, cada vez más evidencias sugieren que estas tiendas no son únicamente una consecuencia colateral de los problemas económicos: son una causa de ellos”.

Esta es una afirmación interesante y extraordinaria: la presencia de tiendas que hacen disponibles productos para las personas que tendrían pocas o ninguna alternativa de compra en absoluto es la causa de la pobreza que atenaza a las regiones donde vive esta gente. Además, como cada vez se abren y ubican más tiendas de estas en los centros de las ciudades, la gente que vive allí se hace más pobre como consecuencia de la misma presencia de estos negocios.

Misra trata luego de aclarar sus afirmaciones:

La Tiendas Dollar han tendio éxito en parte capitalizando una serie de poderosas fuerzas económicas y sociales (la huida de los blancos, la reciente recesión, el llamado “apocalipsis de las tiendas”), todas las cuales han abierto huecos en el acceso a la comida. Pero, aunque las tiendas Dollar pueden no estar causando estas desigualdades por sí mismas, parecen estar perpetuándolas. Los descuentos que afirman ofrecer a los compradores en las comunidades a la que acuden los hacen, de varias maneras, un poco más pobres.

¿Cómo se produce este fenómeno (el que las tiendas Dollar perpetúan y agravan las condiciones de pobreza)? ¿Cómo es posible que hacer disponibles productos a precios asequibles que no serían posibles en ausencia de esas tiendas perpetúe la pobreza? La experta replica en dos palabras: desiertos alimentarios.

De acuerdo con el Departamento de Agricultura de EEUU, un desierto alimentario es una parte “del país con ausencia de frutas y verduras frescas y otros alimentos sanos, que normalmente se encuentra en áreas empobrecidas. Esto se debe en buena parte a una falta de tiendas de alimentos, mercados de granjeros y proveedores de comida sana”.

Las tiendas Dollar, dicen los críticos, venden sobre todo alimentos procesados o enlatados y no tienen secciones que ofrezcan alimentos y verduras frescos. Por tanto, de acuerdo con la “lógica” de la izquierda, como no se venden ciertas clases de alimentos en este tipo de tiendas, estas están por tanto impidiendo la venta de esos alimentos. Los periodistas de izquierdas y otros críticos de la empresa privada sencillamente afirman que como hay tiendas Dollar en el centro de las ciudades y estas tiendas no vendan frutas ni verduras frescas, es por tanto la empresa privada la causa de la creación de los llamados desiertos alimentarios.

Sin embargo, esta acusación contra los negocios no se corresponde con los hechos. En décadas recientes, los inmigrantes coreanos han abierto muchas tiendas pequeñas en ciudades como Los Ángeles y Nueva York y a menudo se han encontrado con hostilidad, violencia e incluso asesinatos. Durante los disturbios de 1992 en Los Ángeles, en el centro de las ciudades, los residentes atacaron a menudo deliberadamente tiendas de dueños coreanos y la policía rechazó protegerlos, obligando a los comerciantes a armarse y a defenderse por sí mismos.

Igualmente, durante los disturbios de Baltimore de 2015, los alborotadores saquearon y quemaron muchos negocios de coreanos, afirmando que los coreanos estaban “explotando” a los clientes. En Nueva York, no fue raro que grupos ligados a Al Sharpton organizaran boicots y manifestaciones violentas contra dueños coreanos de negocios. Los coreanos eran personas que arriesgaban sus recursos para llevar frutas y verduras a barrios en los que no existían antes esos negocios, pero en su lugar encontraron violencia, boicots y una abierta retórica racista contra su etnia asiática. Lo hacían para tratar de ganarse la vida, no por benevolencia, pero los riesgos que asumían daban sin embargo posibilidades a los residentes del centro que no hubieran tenido en caso contrario.

Con respecto a las alternativas alimentarias, la afirmación de que la comida fresca (o tal vez semifresca, dadas las distancias desde donde tiene que transportarse, especialmente en invierno) es más nutritiva que la comida congelada o enlatada es exagerada. El número del 27 de enero de 2014 del Journal of Lifestyle Medicine decía que “las frutas y verduras empaquetadas como congelados o enlatadas son opciones baratas y nutritivas para cumplir con las recomendaciones de verduras y frutas diarias en el contexto de una dieta sana”. En otras palabras, se puede al mismo tiempo como sano y comprar en una tienda Dollar, frente a las acusaciones izquierdistas de lo contrario.

Aunque mucha de la retórica contra los comerciantes coreanos y asiáticos en general en el centro de las ciudades está a menudo llena de odio, al menos nadie ha llevado a cabo “estudios” que acusen a esos comerciantes de causar pobreza si no hubieran existido antes. Mientras uno lee el artículo de Misra y las citas de los “expertos”, se encuentra con una serie de enunciados contradictorios y una falta de comprensión de conceptos económicos básicos. Por ejemplo, escribe:

Hoy, las tiendas Dollar prosperan tanto en los pueblos pequeños rurales más pobres, donde los cambios medioambientales o la globalización han acabado con la actividad económica, como en grandes ciudades como Baltimore, donde décadas de desinversión, sobre todo en las comunidades afroamericanas han dejado a grandes zonas sin opciones de tiendas. En un reciente post de blog que explica su auge en las zonas de rentas bajas de Baltimore, el urbanista y arquitecto  Klaus Philipsen observa que las tiendas Dollar están ahora “floreciendo en muchos barrios más pobres como un parásito” (las cursivas son mías).

Continúa:

El problema no son las tiendas por sí mismas. Según el ILSR, tienden a crear menos empleos de media que las tiendas independientes de comestibles: 9 a 14. Los empleos de bajos salarios que crean no son de gran calidad. Y tampoco está del todo claro si sus ofertas son mucho más baratas. Cuando los economistas compararon los precios de bienes como la harina y las pasas del mismo peso, advirtieron que los productos de las tiendas Dollar costaban más que en los cercanos Walmart o Costco.

Por si nos preocupa que las tiendas Dollar (según The Guardian) estén “estafando a los consumidores con precios más altos”, Misra también afirma que la empresa esta debilitando a otros negocios con precios bajos:

Además, está el efecto negativo en otras tiendas cercanas. Cuando se abrió una tienda Dollar en Haven, Kansas (subvencionada con desgravaciones fiscales por el ayuntamiento), las ventas en la cercana tienda de alimentación Foodliner cayeron en un 30%, según informaba The Guardian este mismo año. Aunque el ILSR no tiene datos cuantitativos que apoyen este efecto sobre los supermercados cercanos, anecdóticamente, sugieren que “la diferencia en los márgenes basta para que las tiendas locales no sean capaces de seguir en el negocio cuando hay tan pocas opciones y hay una rebaja en los precios”, decía Donahue.

La comparación con Wal-Mart es estupenda. Ninguna empresa ha sido más acusada por la izquierda de infracciones que Wal-Mart. Si Wal-Mart cobra barato y cambia el panorama del comercio local, entonces se dice que la empresa es depredadora. Pero si Wal-Mart o las tiendas Dollar cobran precios que los expertos consideran “demasiado altos”, también estas empresas se dedican a actividades “depredadoras”. Además, los activistas urbanos han tratado una y otra vez de impedir que tiendas como Wal-Mart se ubiquen en grandes ciudades, pero cuando otros vendedores entran a cubrir el hueco, los activistas de izquierdas también condenan estas tiendas.

Con respecto a los empleos, el propósito de las tiendas es ofrecer productos a los consumidores: nadie les ha pedido que sean un programa de empleo. Sin embargo, no importa lo que puedan afirmar los izquierdistas, los empleos no son la “causa” de la pobreza. Eso supondría que la gente está mejor sin ingresos (y sin empleo) que ganando dinero. Es verdad que los trabajos en las tiendas no se pagan muy bien (algo que cabe esperar), pero afirmar que la gente está mejor sin tener empleo, ni ingresos, ni comida disponible para comprar que tener una tienda Dollar en una ciudad es claramente ridículo.

Así que la izquierda estadounidense nos ofrece otra serie de proposiciones ridículas. Reclaman empleos con salarios altos, pero sin empleadores; reclaman abundancia de alimentos y otros bienes, pero también reclaman que no se permita abrir en ningún lugar un sitio para venderlos.

Las tiendas Dollar no son boutiques, ni tampoco son antros causantes de pobreza y productores de hambre que los críticos afirman que son. En muchas comunidades urbanas son sitios donde la gente pobre puede adquirir productos de primera necesidad y comida y aperitivos decentes. En áreas rurales y pueblos pequeños, significan que la gente no tiene que conducir largas distancias para comprar lo que necesita. Dicho de otra manera, atienden bien a su base de clientes, pero no es una base de clientes de periodista de élite y políticos.

William L. Anderson is a professor of economics at Frostburg State University in Frostburg, Maryland.

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