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Es un buen momento para dejar de entrometerse en Haití

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Tags Historia de EEUUGuerra y Política Exterior

01/13/2018

Recientemente, el presidente Trump supuestamente despreció Haití, describiéndolo como un “agujero de mierda”. La respuesta ha sido la que podría esperarse. Ha sido un torrente de reclamaciones de disculpas a la administración Trump y de comentarios acerca de lo “preocupantes” que son las opiniones de Donald Trump.

Después de escuchar esos comentarios supuestamente dirigidos a los haitianos, una persona bien informada podría tener la tentación de pensar “ojalá esto fuera lo peor que un presidente de EEUU hubiera infligido al pueblo haitiano”.

Pero, como es típico de la izquierda estadounidense y los grandes medios de comunicación, decir palabrotas es lo peor que puede hacer un político. ¿Entrometerse activamente en los asuntos internos de otro país y condicionar sus elecciones? Bueno, eso no es nada, salvo que seas Rusia, por supuesto.

De hecho, cualquiera que esté familiarizado con la historia de las relaciones entre Estados Unidos y Haití sabe que EEUU tiene una costumbre larga y establecida de intervención en la nación insular, a menudo de una manera brutal.

Durante más de un siglo (a partir de 1915) Estados Unidos ha participado en diversas invasiones, masacres, golpes de estado y otras intervenciones pensadas para mantener a Haití a la sombra de EEUU y adecuadamente sometida a los deseos de los estadistas estadounidenses.

En solo 25 años, EEUU ha enviado fuerzas militares a la isla dos veces (en 1994 y 2004) y continúa entrometiéndose en las instituciones políticas haitianas cada vez que esta nación convoca unas elecciones.

Si Haití es tan terrible como dice (supuestamente) Donald Trump, este podría hacer algún bien indicando al Departamento de Estado, la CIA y otras instituciones federales que asumieran una postura de manos fuera de esa nación. Hasta entonces, por desgracia, Estados Unidos continuará compartiendo la culpa de la destrucción y corrupción de las instituciones haitianas.

Una historia de ocupación

Como cuenta Edwidge Danticat en NewYorker:

El 28 de junio de 1915, los marines de Estados Unidos llegaron a Haití a las órdenes del presidente Woodrow Wilson, quien temía que los intereses europeos pudieran reducir la influencia comercial y política estadounidense en ese país y en la región que rodea al canal de Panamá. El acontecimiento que lo precipitó fue el asesinato del presidente haitiano, Jean Vilbrun Guillaume Sam, pero los intereses de Estados Unidos en Haití se remontaban al siglo anterior. (El presidente Andrew Johnson quería anexionarse tanto Haití como la República Dominicana. Veinte años después, el secretario de estado James Blaine trató sin éxito de conseguir Môle-Saint-Nicolas, un asentamiento en el norte de Haití, para una base naval). En 1915, los estadounidenses también temían que una deuda constante que Haití está obligada a pagar a Francia ligara demasiado íntimamente al país con su antigua metrópoli; los crecientes intereses comerciales de Alemania en Haití eran otra gran preocupación. Así que una de las primeras acciones llevadas a cabo por Estados Unidos al inicio de la ocupación fue trasladar las reservas financieras de Haití a EEUU y luego reescribir su constitución para dar a los extranjeros derechos de propiedad sobre la tierra.

La ocupación duro 19 años, durante los cuales 15.000 haitianos fueron asesinados por el brutal gobierno títere de EEUU.

La ocupación física terminó, pero la perenne intromisión de EEUU no, ya que rápidamente se hizo evidente que no se permitiría existir ningún régimen haitiano sin la aprobación de Washington.

A finales de la década de 1950, EEUU estaba trabajando por fortalecer al brutal dictador Francois “Papa Doc” Duvalier. Duvalier atraía la generosidad estadounidense en la isla a cambio de su profesado anticomunismo.[1]

Durante años se continuó con variaciones de esta política, con diversos dictadores que disfrutaron del apoyo de Washington. Por supuesto, cada vez que el estado haitiano dejaba de cooperar, el estado estadounidense respondía con amenazas y embargos como los instituidos por George H. W. Bush en 1991. Como todos los embargos, los efectos los ha sentido sobre todo la gente corriente de Haití, cuyas rentas y capitales se destruyen como resultado de las perturbaciones en el comercio. Si EEUU tiene algún interés en aliviar la pobreza haitiana, sin duda tiene una manera extraña de demostrarlo.

A mediados de la década de 1990, EEUU estaba de nuevo realizando intervenciones directas y la administración Clinton envió otra vez una fuerza militar de ocupación a Haití en 1994 con la “Operación Defender la Democracia”. Esta vez el propósito era imponer a Jean-Bertrand Aristide como títere de EEUU, después de este que fuera depuesto por un golpe de estado.

Posteriormente EEUU intervendría para deponer a Aristide, reemplazando al gobierno constitucional por un primer ministro no elegido enviado desde Florida. Estados Unidos también envió a los marines para “restaurar el orden”. Esto demostró una vez más que, en lo que se refiere a ser el líder de Haití, lo que realmente importa es el apoyo de Washington.

¿Quién puede entonces sorprenderse de que las instituciones políticas haitianas sean tan indiferentes a las necesidades de los haitianos corrientes? Después de todo, el poder político no deriva de la tolerancia y el apoyo de la población local. Viene de ganarse favores en Washington. Y a Washington le gusta jugar así. Mientras esto continúe, no puede arraigarse ninguna instrucción política estable y responsable.

Por supuesto, los defensores de una intervención eterna tienen sus razones. Argumentan que EEUU debe mantener gobiernos títere allí o podrían aparecer regímenes menos amistosos. Argumentan que si las fuerzas de EEUU no “se establecen” en Haití (algo en lo que EEUU ha fracasado una y otra vez), los refugiados haitianos inundarán las costas estadounidenses.

Aunque parte de estas afirmaciones fueran verdad, una intervención directa nunca ha sido “necesaria”.

La armada de EEUU tiene diez veces el tamaño de la siguiente armada más grande del mundo: la Royal Navy. Sencillamente no hay “amenaza” haitiana. Además, el presupuesto federal de varios billones de dólares es más que suficiente para recoger a miles de refugiados haitianos y devolverlos a Haití.

Los que se opongan a esa respuesta objetiva y sentido común a las “amenazas” haitianas responderán que consideraciones de “derechos humanos” reclaman una intervención directa en lugar de simplemente devolver a los haitianos a su lugar de origen. Sin embargo, esta afirmación no aprueba ese examen risible, ya que la intervención en Haití nunca se ha opuesto a apoyar a dictadores brutales, siempre que se dobleguen ante Washington.

En resumen, la política de Estados Unidos en Haití no ha hecho nada por mejorar las instituciones políticas, aliviar los desastres en derechos humanos o mejorar los niveles de vida de los haitianos. El historial de cien años de EEUU en Haití es el de un repetido fracaso. Si Trump cree que Haití es un desastre, podría considerar abandonar este largo historial de fracasos con una nueva política de no intervención total. Así al menos Washington no compartiría la culpa de hacer de Haití lo que es hoy.

Ryan McMaken (@ryanmcmaken) is a senior editor at the Mises Institute. Send him your article submissions for Mises Wire and The Austrian, but read article guidelines first. Ryan has degrees in economics and political science from the University of Colorado, and was the economist for the Colorado Division of Housing from 2009 to 2014. He is the author of Commie Cowboys: The Bourgeoisie and the Nation-State in the Western Genre.

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